Mis buenos hermanos/as: En ocasión de la celebración a la Virgen de Punta Corral, suelo peregrinar a la Capilla de la Virgen allá arriba a 3.800 metros sobre el nivel del mar. Al hacerlo siempre me anima la convicción de que en ese largo y fatigoso caminar, Dios y la mamita Virgen nos conceden; a través de alguna circunstancia; la ocasión  para la reflexión y sobre todo para reencontrarse con uno mismo.

La fe - Punta Corral

La fe - Punta Corral

Cuento entonces lo que me ocurrió: habían ya transcurridos pocos minutos de haber iniciado la caminata rumbo al Primer Calvario, y a unos veinte metros delante de mí caminaban dos peregrinos con serias dificultades para desplazarse, tal es así que se ayudaban con muletas, a los que mal llamamos nosotros, con capacidades limitadas. Caminaban en zigzag y muy lentamente. Me acerqué a ellos, los saludé y me contaron con dificultades en el habla, que pensaban llegar hasta el Primer Calvario, caminé con ellos un trecho compartiendo la limonada de mi caramañola mientras pensaba, “es imposible que lleguen”, ya que debían sortear senderos rocosos, cuestas empinadas y vadear arroyos. El que ha caminado por estos lugares, lo sabe.

Al despedirme, les sugerí algunas indicaciones para evitar accidentes, a lo que me respondieron con mucha convicción que no me preocupara, que tenían Fe de que iban a llegar, y casi como una respuesta natural les dije: ¡Allí los espero!

Mientras caminaba reflexionaba sobre la Fe, pequeña palabra pero de tan enorme significación, y que muchas veces uno lo asocia sola y exclusivamente a cuestiones de la Iglesia, pero que en realidad está presente en los hechos reales y cotidianos. Es así que esta, mi primera impresión de que era imposible que estos dos hermanos llegaran a la meta, dio paso a otra: “creo que van a llegar”, es decir de creer en lo que no se ve como posible.

Mientras me acercaba al Primer Calvario, más Fe tenía que lo iban a lograr, es así que una vez llegado, los esperé un rato con la mirada puesta en el camino.  Debo confesar mis buenos hermanos/as que no pasó mucho tiempo cuando los vi llegar muy cansados y ayudándose el uno al otro,  pero con una alegría conmovedora en el rostro, los fui a encontrar y surgió natural el abrazo y la bienvenida festejando tamaña proeza, que yo traduzco como el ver lo que uno ha creído.

Intenté acomodarlos para descansar, pero uno de ellos, me pidió que antes los ayudara a trepar una pequeña pendiente pues querían saludar a la imagen del Cristo Peregrino, y lo que sucedió después, nunca lo voy a olvidar: sacándose sus gorras y con su lenguaje entrecortado hablaron con Él en estos términos: “Cristo, te damos gracias porque hemos llegado, Vos sabés que esto es algo que se lo habíamos prometido a la mami, para que ella se cure si es tu voluntad”.

Confieso hermanos que me conmoví profundamente y en una extraña y honda sensación visceral, me sentí el ser más insignificante ante la grandeza de estos dos muchachos que venciendo todas sus limitaciones cumplieron una promesa, y más aún; asumiendo que tienen muchas carencias; no pidieron para ellos, solo para la mami.

Cuántos de nosotros, con piernas y brazos fuertes, con nuestra capacidad de hablar y pensar intactas, disponiendo de tantos recursos y medios, solo pedimos y pedimos; a diferencia de estos dos buenos hermanos cuya primera palabra fue de agradecimiento a Cristo por haber podido cumplir una promesa.

Permítanme entonces compartir con Uds. una reflexión relativa a la Fe: “Fe es creer en lo que no se ve como posible, y la recompensa es ver lo que uno cree”.

No quisiera terminar, sin antes expresar a viva voz. ¡Alfredo y Hugo, hermanos peregrinos en donde quiera que estén ahora, les doy gracias, infinitas gracias por esta lección de vida que me han dado!

¡Que Dios los bendiga!

Abril/2.012

Imoprtante:  La nota es una colaboración de Carlos Condori – ccarlin@fiberway.com.ar

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